Hipnosis 2018: entre el cielo y el lodo

Por Fernando Valencia

Aquí está muy enlodado, pero acá arribita yo creo que sí puede poner el coche”, dice el acomodador en el estacionamiento. Una pequeña sonrisa de preocupación aparece en mi rostro. Efectivamente, el lote es un auténtico lodazal. Las botas que elegí para la ocasión conocerán su prueba de fuego.

Hemos llegado un poco tarde. Son poco más de las cuatro, y en la entrada nos detienen con un estricto (y muy irónico) cateo. Como si no supieran que en la merch oficial del evento hay pipas. Ni hablar, es lo que hay y lo tenemos que aceptar.

Ya adentro, el lugar luce bastante otoñal, y hay que decirlo, bello. Si ignoramos el fango, es un concepto muy lindo el de rodearse del bosque. Un poco de neblina acaricia las copas de los árboles, mientras el frío propio de la montaña comienza a aparecer.

Las instalaciones son pequeñas: la entrada con la zona de baños a su costado derecho, más allá un stand de La Roma Records, detrás del cual se alza un pequeño bazar. Del otro lado, cinco o seis foodtrucks se preparan para la tarde al pie de una ligera cuesta, en cuya cima se encuentra una caseta de DJ tocando algunos temas al público. Al fondo, el escenario es bastante imponente, una grata sorpresa debido al tamaño relativamente pequeño del evento.

Boogarins da inicio a su presentación con el pie derecho. Con soltura y un carisma típico de los cariocas, los brasileños interpretan temas que, sin ser necesariamente alegres, parecen extrañar el sol. Comienza la psicodelia entre suaves jams, muy dulces para los oídos. Una ligera chispeada aparece y se marcha sin dejar mucha más huella al lodo en que nos encontramos parados.

DIIV comienza su set ante un público bastante nutrido, aunque dejan ver una notoria falta de preocupación. “No es lo mejor que hemos sonado”, dice Zachary Cole Smith al micrófono. A sus fans no parece afectarles en lo más mínimo, y bailan y cantan con mucha actitud. “Doused” demuestra ser un hit y termina de poner el ambiente, todo está puesto para una noche memorable.

La densa propuesta de OM, banda hermana de Sleep, representa un rompimiento completo del panorama sonoro que se había construido en los sets anteriores. Invocando la noche, Al Cisneros y compañía entregan piezas largas, complejas, con un bajo estruendoso que alcanza cada rincón de Las Caballerizas. La falta de visuales es compensada por las luces prendidas del pueblo en la colina, a la derecha del venue.

En este punto se vuelve evidente la pobrísima oferta gastronómica del Hipnosis 2018. Los pequeños foodtrucks no se dan abasto para atender a tantos asistentes, provocando que muchos tengan que realizar filas de al menos media hora para poder comer un mal burrito o tres pequeños tacos. En la barra, el agua, enlistada como botella de 500 ml, es realmente de 350 y cuesta 40 pesos. Quien atiende ofrece Coca Cola y entrega en su lugar Big Cola por el mismo precio.

A los tres acordes de Wooden Shjips, una tormenta se desata. La alucinante presentación de los estadounidenses, tan cercana a la psicodelia clásica de finales de los sesentas con un toque de space rock, se ve ligeramente afectada por las cantidades importantes de gente corriendo bajo los árboles para buscar mojarse un poco menos. Aquellos valientes que se quedan bajo la inclemente lluvia durante más de una hora se ganan el eterno respeto de todos.

El lodo resurge más fuerte que nunca. Cuando Unknown Mortal Orchestra sale al escenario, se han formado algunos huecos entre el público debido al mal estado del terreno. Sin embargo, la interpretación está completamente a la altura. La maestría con la que Ruban Nielson maneja sus guitarras como si fueran una extensión más de su cuerpo y experimenta con el feedback que obtiene de los amplificadores es un espectáculo digno de admirar. Canciones como “Ffunny Ffrends” y “Swim and Sleep (Like a Shark)” provocan los gritos del público.

UMO es también el primer set de la noche en deslumbrar con sus visuales. Una explosión de colores complementa de manera brillante la música, provocando el trance que Hipnosis se precia de ofrecer a sus asistentes. Los grooves del bajo de Jake Portrait durante “Can’t Keep Checking My Phone” le ponen un poco de baile a la velada y despiden una de las mejores actuaciones del festival.

Ya con el ánimo mejorado y las drogas surgiendo efecto, el público deja de preocuparse por sus zapatos y pantalones. Los integrantes de King Gizzard and the Lizard Wizard salen a hacer su propio soundcheck y con esto, el rugido de la audiencia se vuelve ensordecedor. La expectativa es altísima y el hype parece casi inalcanzable.

Cuando “Rattlesnake” comienza a sonar, queda claro que las historias son ciertas: King Gizzard tiene uno de los shows en vivo más impresionantes de la actualidad. Con una coordinación prodigiosa, el grupo no otorga tregua al recorrer temas de al menos siete discos distintos en su nutrida discografía.

Los temas de Nonagon Infinity (2016) destacan por su implacable violencia y energía cruda, mientras que el aumento en la psicodelia clásica, casi progresiva, de Polygondwanaland (2017) provoca un auténtico viaje astral. Los chicos juegan con sus propias canciones e insertan el riff principal de “Robot Stop” y “Rattlesnake” durante pequeños jams entre temas, con todo y una impresionante armónica que derrite cerebros por todos lados.

Una versión ligeramente extendida de los de por sí colosales 16 minutos de “Head On/Pill” pone punto final a Hipnosis 2018. La salida entre los auténticos pantanos provocados por la lluvia, nos despide con un trago amargo que demuestra lo que fue la edición, un festival de contrastes que, en su mejor momento, nos elevó más allá de las nubes, y en su peor, nos sumergió en el infierno.

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